Pocas veces nos paramos a mirar hacia la Tierra. Tan vacía, ausente. Un ojo tuerto que nos mira con recelo desde los cielos, mientras día a día aprendemos a ignorarla sin pretenderlo.

Solo miramos arriba en días como los de hoy, cuando la desgracia nos asola y nos hace recordar que Dios nos legó aquel paraíso donde una vez nos creímos a salvo. ¿Acaso nos abandonó el día en que abandonamos su Edén? ¿Fue nuestra migración una ofensa a su generosa ofrenda?

No sabría cómo dar testimonio de la catástrofe. El brote se extendió en minutos, las muertes se sucedieron en horas. Ojos anegados, gargantas cerradas; muerte por asfixia en el lugar con mejor central productora de oxígeno del Sistema. Irónico. Cruel. Sádico. La metrópolis de Mare Crisium no tuvo tiempo siquiera de decretar el estado de alerta.

Han sido semanas de tormentosa investigación. Sabía que alguien había saboteado el sistema, habían inoculado algo en las centrales productoras. Pero fueron inteligentes, no sería fácil seguir la huella de un rastro perdido en el aire mismo. Lo que no esperaban, es que su propia arma me ofreciese un aliado: una abeja, ridícula, moribunda, cuyo rastro me guió por toda la red hasta la fuente. No pude pasar por alto semejante presencia. El departamento no podía perder tiempo recogiendo mierda de bicho cuando la población moría por millares. Podía ser un caso más de contrabando, otra filtración en el ecosistema. No quisieron destinar recursos a ello, perdíamos tiempo y vidas a igual velocidad. Pero yo sabía que aquel rastro era el hilo de oro que me sacaría de mi propio laberinto. Estaba cansado de estar a la sombra de los inspectores.

Miles de teorías cruzaron mi mente: conspiraciones alienígenas, subespecies vengativas, inmigrantes polvorientos, estúpidas protestas ecologistas… Pero nunca imaginé que el rastro me llevaría hasta los refugiados. ¡Que un cráter se lleve mi agua si esos desagradecidos podían permitirse atacarnos! Nos llaman deshumanizados porque nuestros cuerpos ya no toleran las condiciones de la Tierra, hipócritas por conservar nuestra fe mientras invertimos en ciencia, asesinos por dejarlos allí arriba, por no cuidar de los nuestros. De no cuidar de los nuestros no me hallaría aquí, sacando de los conductos la fuente de este holocausto, sosteniendo en mis manos estos seres de tacto extraño… pero primitivamente familiar. Malditas sean estas… hermosas criaturas, cuyos alérgenos han protagonizado el mayor ataque terrorista de la historia de la Luna. Flores cuyas semillas son cuerpos incinerados a miles. Girasoles, la propia palabra me haría reír de poder respirar sin que mi garganta silbe. Símbolo de la lucha por la supervivencia, el soldado más pasivo de cuantos tiene la Tierra.

Nuestros cuerpos no estaban listos para este reencuentro, nuestros sistemas no podían detectarlo. Ridículo. Natural. Aún no sé cómo lograron plantarlos, pero el mensaje ha quedado claro. Lo humano a la Tierra y el silencio a la Luna. En nuestro aire puro su aroma, en la superficie ni un alma viva, y yo… tengo que olerlo de nuevo.

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