Aquel caso me estaba llevando por el camino de la amargura. Cuanto más tiempo pasaba mirando la pizarra con las fotos, los infórmenes y los pos its, más loco me volvía. 

No dejaba de toparme con callejones sin salida e información dudosa de nuestros informadores. La última había sido el colmo. Tanto, que estuve tentado de detenerlo por intentar tomarle el pelo a un oficial. Aquel seleno intentó hacerme creer que la droga que estábamos buscando se escondía entre las flores que traían de la Tierra. Que los escondían en los ramos que las dulces señoritas selenas vendían en el Mar de la Tranquilidad. ¿Cómo pretendía que me creyera tal sarta de estupideces? Vender droga a plena luz del Sol, delante de millones de seres sintientes de la Vía Láctea sin que nadie dijera nada. ¿Acaso tenía cara de idiota?

Sin embargo, yo cada día me sentía como tal. La respuesta estaba allí fuera, entre las llanuras de polvo plateado y cráteres comerciales. Y no la encontraba. Debía hacerlo. Por la seguridad de los selenos, para limpiar el satélite y proteger a...

—Hola, papá —Mi hija entró en la comisaría como si fuera nuestra propia casa. Más de uno de mis subordinados la saludó. Era casi como una más— ¿Listo para nuestra comida semanal?

—En un rato, tengo que terminar... —Miré la pizarra con gesto cansado. A quién quería engañar. Un minuto más no haría que resolviera el caso. 

—Veo que sigues atascado con lo mismo —dijo con tono lastimero que no encajaba con la sonrisa pícara que le aleteaba en los labios.

—Puede... 

—Pues te he traído algo para que te sientas mejor.

Alcé una ceja con curiosidad al verla tan emocionada cuando adelantó los brazos, que hasta el momento los tenía tras la espalda. Delante de mis ojos apareció un ramo de girasoles brillantes, como si estuvieran recién cortados. Y en el centro, para hacer relleno, la respuesta a todas mis preguntas.

Tenía que haberle hecho caso a aquel terráqueo cuando tuve ocasión. 

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